¿Quien fué Castellarnau?

 

Laboratorio fotográfico de la Biblioteca Nacional

En estos tiempos en los que a todos nos preocupa la relación entre los hombres y su entorno físico, en los que términos como ecología o desarrollo sostenible forman parte de nuestro lenguaje habitual, y en los que el evidente cambio climático comienza a hacernos pensar sobre el futuro de la geografía y el paisaje que dejaremos a las generaciones venideras, viene muy a mano hablar sobre la figura de Joaquín Mª de Castellarnau, su relación con el Pinar de Valsaín y sus apreciaciones sobre el modo de conservar esta masa forestal.

Antes de nada hay que advertir que, como es sabido, Castellarnau se incorpora muy joven como Ingeniero de Montes a la Comisión para el Servicio del Pinar de Valsaín en 1872, hace ahora 135 años. No estamos hablando, por lo tanto, de un nuevo converso hacia las actitudes ecologistas -no existía el ecologismo- sino de un ingeniero que, por sus brillantes estudios (era el número uno de su promoción) es destinado a colaborar en la ordenación, sostenimiento y explotación razonable de estos bosques contando con apenas 24 años.

La situación del Pinar era el resultado de la convulsa política española del siglo XIX: en 1869 se había disuelto el antiguo Patrimonio de la Corona aunque el bosque quedó bajo la administración del Estado, dependiendo del Ministerio de Fomento. Años más tarde, en 1876, volvió a manos de la Casa Real, junto a gran parte de las Matas que habían ido adjudicadas al mejor postor. Nunca se explicó porqué la Mata de La Saúca y la de Pirón siguieron en manos particulares. Éste es el panorama que se encuentra nuestro ingeniero a su llegada a Valsaín junto a su joven colega Rafael de Breñosa.

Los primeros contactos con el Ingeniero Jefe no fueron nada fáciles: sencillamente les hizo ver claramente que la gestión del pinar no era de su atribución. Curioso contrasentido: ¿qué pintaban entonces aquí, cobrando un buen sueldo -con vivienda incluida- y todo el tiempo disponible? Visto ahora en la distancia creo, en el fondo, que aquello fue una bendición para Castellarnau. Sus inquietudes naturalistas encontraron en el Guadarrama el mejor campo para desarrollar todas las disciplinas que su formación y su curiosidad científica no hubieran podido acometer caso de haberse dedicado “en serio” al pinar.

A pesar de lo dicho, el joven ingeniero no dejó de ser crítico con la explotación maderera. Sea porque estuviera enojado por la poca o nula participación en su ordenación, sea porque a partir del retorno del bosque a la Corona se sintió más apoyado (tenía un especial trato con Alfonso XII), Castellarnau no perdía oportunidad para quejarse de la situación. Consideraba que “los reyes de España no habían nacido para industriales” y que “en cortar poco no hay jamás perjuicio”.

Sus enfrentamientos con el Ingeniero Jefe y el Intendente fueron en aumento a medida que pasaba el tiempo, llegando al límite de tensión cuando ambos proponen la construcción del Aserrío Real de La Pradera. Nuestro protagonista no podía entender que se hubieran invertido fuertes sumas en la construcción, limpieza y ordenación del poblado industrial -facilitando nuevas viviendas y talleres, en sustitución de las covachas, cocinas y boyerías existentes- para trabajar el producto del pinar, e, inmediatamente, edificar un gran aserrío movido a vapor que compitiera con los maderistas recién alojados. Detrás de todo ello veía asuntos turbios impropios de una institución como la casa real.

Como ejemplo de sus opiniones transcribo literalmente algunas frases que muestran lo alejado que estaba del espíritu lucrativo que percibía en las excesivas cortas (sobre las que jamás fue consultado) y su enfrentamiento manifiesto al aserrío mecánico. Son interesantes, además, porque utiliza “voces gabarreras” y un lenguaje muy bien conocido por todos nosotros: “…los árboles viejos se cortan porque son viejos; los árboles que han alcanzado su máximo crecimiento se cortan porque han llegado a la edad; los árboles más jóvenes se cortan porque estorban a los mayores; en las pimpolladas se corta porque es preciso aclararlas; se cortan los puntisecos porque sí; se cortan los árboles que se mueren porque no sirven para nada; se cortan los chamosos porque están chamosos; se cortan los que están malos porque no se acaben de morir; se cortan los árboles sanos para que no se pongan enfermos; y, para evitar trabajo, las nieves y los vientos tronchan, arrancan, quiebran y descuajan anualmente una cantidad no despreciable, que se aprovecha también”. Sin comentarios.

Respecto de la Sierra de vapor dice: “…No queremos ser pesimistas. Si la fortuna mira hoy con buenos ojos la Sierra de La Pradera, mañana le será contraria. No en vano el Pinar viene conservándose por los solícitos cuidados de tantos reyes para que un Rey, tan grande como todos ellos, le vea sufrir. El entusiasmo pasará ante las realidades, y después de muy poco tiempo se verá que la Sierra es una carga muy pesada para la Real Casa, que los halagüeños cálculos salen fallidos, y que el Pinar gime de pena por tener que alimentar fauces de tan agudos y acerados dientes.”

Joaquin Mª Castellarnau con sus alumnos sentados en las Pesquerías Reales. Foto cedida por Javier Arenal

Castellarnau con sus alumnos sentados en las Pesquerías Reales. Foto: Javier Arenal

Con estos precedentes, no cabe más que pensar que nuestro Castellarnau era un ingeniero muy poco normal. No sólo se vanagloriaba de no haber cortado un árbol en su larga vida activa sino que proponía hacer del bosque de Valsaín un” jardín de pinos”. El sentimiento de la belleza natural podía más que su formación y su destino profesional, provocando el rechazo de sus superiores.

De todo ello no cabía esperar un final feliz: el Ingeniero Jefe y el Intendente decidieron que cuanto más lejos estuviera Castellarnau de la casa real y del pinar, mejor irían las cosas y podrían imponer, sin críticas, sus opiniones sobre el modo de explotarlo. La excusa para su alejamiento la encontraron en unas circunstancias muy típicas de la sociedad palaciega de La Granja: había rumores, nunca confirmados, de que nuestro protagonista tenía una relación demasiado íntima con una “elevada dama” (se especula con que pudo ser la propia reina o su cuñada, la famosa infanta Isabel “La Chata”). Sea como fuere unos y otros consiguieron que Castellarnau fuera expulsado del Guadarrama, a finales de 1883, tras once años de enamoramiento por estos montes. Lo que nunca pudieron evitar es que este catalán mantuviera de por vida sus vínculos con nuestra sierra y que, desde su casa de Segovia, contemplara todos los días de su larga existencia los bosques que tanto quiso y defendió.

He comentado al inicio de estas notas que sus nulas atribuciones sobre la gestión del pinar le permitieron disponer de mucho tiempo libre. Los largos inviernos serranos fueron muy positivos para sus investigaciones y para encauzar sus inquietudes científicas. Baste una breve reseña de sus estudios durante esas fechas: “Estudio Ornitológico del Real Sitio de San Ildefonso” (1877), “Estudio micrográfico del tallo del Pinsapo” (1880), “Estudio micrográfico del sistema leñoso de las Coníferas Españolas” (1883)… Además tuvo tiempo para conocer mejor que nadie toda la vertiente Norte del Guadarrama. A pié o a caballo recorrió desde su base en Valsaín las intrincadas profundidades del bosque, las majadas y los altos puertos. Se documentó sobre la historia y orígenes de La Granja y, junto a su colega y amigo Breñosa, escribió la insustituible y nunca mejorada “Guía y descripción del Real Sitio de San Ildefonso” (1884).

Una vez alejado de aquí, sus prioridades científicas se encauzaron hacia la Botánica, la Óptica, la Microscopía y la Biología, lo que no quita que siguiera escalando puestos en el escalafón del Cuerpo de Ingenieros de Montes llegando a ocupar el cargo de Director de la Escuela (1911) y, posteriormente, el máximo lugar que podía alcanzar: Presidente de la Junta de Montes. No hay duda de que era un gran personaje.

A pesar de su talante monárquico y conservador fue, por encima de todo, un científico, de modo que las ciencias de la naturaleza y el positivismo le hacían sensible a todo tipo de nuevos descubrimientos aunque no estuvieran muy de acuerdo con su ideario. Es probablemente uno de los primeros investigadores españoles que introduce la palabra “ecología” en nuestro país, aplicada a la relación de los humanos con animales y plantas, conoció muy pronto las teorías revolucionarias de Darwin sobre la“evolución de las especies”, que tanto repugnaban a la Iglesia, y convivió y colaboró con los grandes científicos “guadarramistas” en la puesta en valor del enorme caudal físico, histórico y artístico de nuestra sierra. La fecunda labor investigadora de Castellarnau le hizo merecedor del máximo galardón de la Academia de Ciencias en 1934: la Medalla Echegaray.

Con todo ello, su fructífera relación con Valsaín y su visión tan particular del modo en que habían de cuidarse las masas forestales, recogida en sus“Recuerdos de mi vida” (1942), y, especialmente, en: “El Pinar de Valsaín: Algunas consideraciones sobre su tratamiento y Administración” (1884), no es de sorprender que cuando, hace años, un grupo de vecinos y entusiastas de esta tierra pusimos en marcha la Sociedad de Amigos de Valsaín, La Granja y su Entorno, quisiéramos dedicarla a la memoria de éste Ingeniero de Montes que -tal como se hablaba en los corrillos aristocráticos de La Granja- “había equivocado su carrera”. Bendita equivocación.

Pedro Heras. Sociedad Castellarnau.

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